Los beneficiarios de la solidaridad: ¿Para quién trabaja la organización?
¿A quién prestará servicios el proyecto? ¿Por qué ellos y no otros? ¿Cómo se les ha escogido? ¿Cuántos son? ¿A cuantas mujeres y a cuantos hombres servirá el proyecto? ¿Cuánto cuesta prestar los servicios a cada beneficiario? ¿Qué los caracteriza? ¿Están interesados en el proyecto?, ¿han participado en su diseño? ¿están dispuestos a financiar parte de los servicios?
Los beneficiarios son un aspecto fundamental de los proyectos y éstas las principales cuestiones que debemos responder sobre ellos.
Veamos una a una:
¿Cuánto cuesta prestar los servicios a cada beneficiario? Un cálculo básico que hacen los financiadores. Si el proyecto cuesta X y tiene Y beneficiarios, entonces X/Y es razonable, o no. La valoración es inversamente proporcional: “si con menos dinero llega a más gente es más eficiente”.
¿Cuántos son? A priori puede parecer fácil responder esta pregunta pero dependiendo del proyecto se puede complicar. Es habitual y razonable calcular la capacidad operativa de prestar servicios en función del personal y los recursos para determinar los beneficiarios directos. Por beneficiarios indirectos es corriente considerar a los familiares, de modo que conociendo el promedio de miembros por familia de la zona es una simple multiplicación.
¿A cuantas mujeres y a cuantos hombres servirá el proyecto? La proporción hombre/mujer suele estar en 48% hombres por 52%. Aunque en verdad varía según la cohorte de edad en que nos fijemos (nacemos en igual proporción pero van muriendo más hombres y a edades avanzadas hay muchas más viudas que viudos), pero si no disponemos de datos podemos usar estos porcentajes para responder las proporciones de género. Los financiadores no suelen objetar.
¿Cómo se les ha escogido?
La preocupación en este aspecto suele ser que hagamos proyectos para ayudar a “los nuestros”, es decir, que la organización obtenga réditos políticos, religiosos o de cualquier tipo de los beneficiarios. Al fin y al cabo las organizaciones no son asépticas, las componen personas con algún objetivo en común y habitualmente tienen otra gran institución detrás. Hablamos de dinero público: los servicios deben ser accesibles para cualquier persona que cumpla los criterios de selección sea cual sea su religión, raza, sexo o postura política.
A priori podemos pensar que la organización no pone trabas de acceso a los servicios. Sin embargo ninguna decisión es gratuita. La primera selección que hacemos es geográfica: seleccionamos una zona donde trabajar. Luego generalmente se produce una autoselección: son los propios beneficiarios los que se implican en función de sus preferencias y necesidades. Por último, por justicia, debemos utilizar el criterio socioeconómico: necesitarlo realmente. Ahora bien ¿cómo comprobamos eso? Con estadísticas.
¿Están interesados en el proyecto? ¿Han participado en su diseño? ¿Están dispuestos a financiar parte de los servicios?
“Si han participado en la identificación del proyecto responderá a sus necesidades y les interesará, es más, si están dispuestos a sufragar parte del servicio es indiscutible que participarán” piensan ingenuamente los financiadores. Ingenuo porque ningún beneficiario se comprometería a pagar un servicio que todavía tiene vida sobre el papel únicamente. Por la vida vamos a crédito, primero consumimos y luego pagamos. Los pobres no tienen acceso al crédito ni al ahorro.
Ingenuo porque en la práctica los proyectos los escogen y diseñan los gerentes de las ONG y los técnicos los formulan. Incluso, cuando hay confianza, los financiadores te dicen que proyectos quieren que les presentes.
La experiencia de trabajo con los beneficiarios hace que las organizaciones conozcan perfectamente sus necesidades. Si para diseñar cada proyecto hubiera que seguir las metodologías de identificación de los manuales, los beneficiarios no harían otra cosa más que asistir a talleres. Además las convocatorias deberían estar abiertas durante tres meses. ¿Cómo preguntarle a los escolares si necesitan un nuevo proyecto curricular en su centro? ¿Con qué cara reunir a damnificados de un terremoto y preguntarles qué necesitan? Estúpido sí, pero aun así te llamará un responsable de la convocatoria y te pedirá los listados de asistencia a los talleres de identificación.




Lo que la práctica nos obliga muchas veces a hacer (no siempre) no implica que lo deseable es que de algún modo, los beneficiarios participen de la planificación de la intervención, pues luego serán actores en la ejecución y responsables de la sostenibilidad.
El hecho de que el trabajo de muchas ONGs se vea encorsetado por la odiosa financiación pública no implica que un “buen” técnico no trate de hacer lo deseable por encima de todo.
Estoy en parte de acuerdo con Natxo. Creo que el actor de la ejecución y el responsable de la sostenibilidad es la contraparte, no los beneficiarios. En la segunda parte estoy de acuerdo.